La primera vez que pensé que por estar con alguien seria capaz de hacer cualquier cosa (lo que de una manera más simple o ñoña podría llamar mi primer amor) fue uno de esos casos que acaban resultando imposibles o platónicos. Como a muchos otros les sucede (aunque esto lo descubrí con el tiempo, pues en ese momento creía que solo me sucedía a mi) se trataba de una de mis mejores amigas. Una buena amiga que me quería tanto o más que yo a ella, pero desgraciadamente de un modo muy distinto a la que yo lo hacia. Nunca sucedió nada entre nosotros, ni siquiera anduve cerca de conseguir lo que me proponía. Pero aunque de entrada no lo parezca, aprendí mucho sobre el (plano, ñoño) amor. Por muy maravilloso que sea, no resulta nada fácil vivir con ello y mucho menos conseguir que suceda lo que te propones.
“Por las mañanas pongo siempre el mismo disco
y, aunque todo lo que dice es la verdad,
lo primero en lo que pienso cada vez que me despierto
es cómo no me había dado cuenta ya.”
(Los planetas, Devuelveme la pasta)