Febrero 3rd, 2010

ANGUSTIA (1986) Bigas Luna

Diciembre de 1986, Festival de cine fantástico y de terror de Sitges: Bigas Luna, uno de los directores más polémicos y personales del cine español sorprende a locales y foráneos con “Angustia”, título de terror nacional sólo superado por, si el arte del subjetivismo me lo permite, “¿Quién puede matar a un niño?” de Narciso Ibáñez Serrador y “[REC]” de Paco Plaza y Jaume Balagueró.

Juan es oftalmólogo y tiene una curiosa afición: colecciona ojos. Su madre  ejerce sobre él un fuerte dominio psicológico, le ordena dirigirse a un cine, donde coincide con Linda y Patricia, dos amigas que han ido a la sesión matinal. El efecto hipnótico de la película les hará pasar por una extraña y laberíntica situación.

Pero lo interesante de esta cinta calificada como “rare avis” no concierne a su categoría genérica ni a su escasa repercusión, sino a su juego metalingüístico y a su experimentación sociológica dentro del individuo (siendo el cine de recepción personal Bigas implica, como ya veremos, al entorno, a la propia sala y a sus espectadores a la vez que a todo el imaginario colectivo referente al pánico, la histeria y la sugestión).

Buenas noches a todos, bienvenidos a nuestra película. Como habrán observado, hemos instalado en el vestíbulo asistencia médica totalmente gratuita disponible con solo presentar la entrada. También hay máscaras de oxígeno a su disposición en cada butaca.
Y, durante la película, no hable con nadie que no conozca.

Sin andarse por las ramas, lo primero que nos comunica el filme es su autoconciencia. Habla de sí mismo, de las condiciones en las que está siendo proyectado, se dirige directamente al espectador, habla de lo que hay fuera de la sala: crea una realidad. Además, nos advierte de la excentricidad de lo que vendrá a continuación, de los posibles ataques ante la intensidad y los mensajes subliminales a los que estará expuesto el espectador. Así, se plantea un espectáculo interactivo que resemantiza el visionado tradicional de una proyección.

Y este juego de muñecas rusas se retuerce aún más cuando, en el primer tercio, la proyección se desdobla y vemos cómo unas adolescentes asisten a la proyección de la película que antes recibíamos, esas espectadoras pueden estar en la butaca de enfrente o en la de al lado, son nuestra realidad, respiran en nuestra misma sala. Son nosotros mismos, están sufriendo la película de la misma forma que nosotros. Y entonces la magia. El asesino de la película primera se integra en la segunda, con la que nosotros coexistimos. El peligro se convierte en real, la sugestión se evapora, la histeria es palpable y el pánico intercala miradas con los ocupantes de los asientos más cercanos.

Pero que ese juego de ficciones, realidades, metarealidades y subficciones no confunda, el mensaje es claro: las imágenes se encuentran hoy en el vértice superior del triángulo jerárquico de la influencia. Y, si el cine es ya un buen arma de generación, la televisión es la bomba H definitiva (llegando a los límites de “Poltergeist”, con la que, curiosamente comparte actriz, Zelda Rubinstein, recientemente fallecida).

La recepción individual (televisión) del audiovisual responde a patrones de una posterior relación social que tiene como objeto de mediación el producto audiovisual comúnmente consumido con el beneficio de la reflexión en pretérito: “Un escalofrío me recorrió en la escena final” dice el distanciado espectador. Y, por la contra, ante el consumo colectivo (salas de cine): la desnudez, la pérdida de la intimidad espectatorial, las emociones públicas: “un escalofrío me recorre en este momento”, dice el espectador en presente, y me estás viendo, estás a mi derecha, compartimos punto de vista, vecino de butaca, nos aunamos en sensaciones, somos un todo viviente, un ente emocional, humanidad abstracta.

Fernando Polanco Muñoz

Febrero 2nd, 2010

EL EXTRAÑO VIAJE (1964) Fernando Fernán Gómez

Para ver joyas en el cine español no es necesario armarse de pico y pala, escarbar en alguna mina profunda y descubrir una ancestral y milenaria filmoteca. Sólo tenemos que inflar los pulmones, olvidar la pereza prejuiciosa y repasar año tras año las producciones nacionales.

Retrocediendo hasta 1986 los primerizos premios Goya nos darían un nombre capital para una bonita retrospectiva: Fernando Fernán Gómez (que con “El viaje a ninguna parte” levantó los primeros bustos goyescos como “mejor director”, “mejor película” y “mejor guión original” y con “Mambrú se fue a la guerra” como “mejor actor). El salto es inevitable; repasando su filmografía admiraríamos títulos populares o  malditos, pero el que aquí ocupa, gestado en plena década de los sesenta (con todas sus consecuencias), brilla con el paso de los años tanto por su  calidad atemporal como por su poca presencia.

Extraño título para una película que transcurre casi en su totalidad en un pequeño pueblo de los alrededores de Madrid. ¿Será el “viaje” al que hace referencia la propia forma del discurso? Y es que la estructura narrativa de la película responde a los esquemas cruzados del suspense de “Alfred Hitchcock presenta”, “Historias para no dormir” de Narciso Ibáñez Serrador o de las novelas de Agatha Christie. Siempre con el factor cañí español que da el acorde humorístico y forma un híbrido fílmico del que incluso hoy beben gente como Sánchez-Cabezudo (“La noche de los girasoles”),  Daniel Monzón (“La caja Covak”) o Rafa Cortés (“yo”).

Tanto la forma como el tema y los personajes vinculan la cinta al género de suspense, pero es interesante cómo roza el terror y el fantástico sobre todo cuando la cámara está dentro de la casa de Doña Ignacia: primeros términos de animales disecados, sombras, puertas que se mueven solas, gatos negros, el doble o el sustituto en la resurrección, los hermanos “freaks”, etc.

Me resulta inevitable citar “Angustia” de Bigas Luna. La relación madre-hijo de los protagonistas de esta película es similar a la del tándem Venancio-Paquita frente a Ignacia (más madre que hermana). Y, cómo no, el Norman Bates de “Psicosis” (travestismo incluido). De ambas referencias, aparte de la peculiar jerarquía de sumisión familiar, también es comparable el bizarrismo de la atmósfera y la presencia como personaje de la casa.

Da la sensación durante todo el film de que la trama está ocurriendo dentro de la casa y que el resto del pueblo no son más que espectadores que, como nosotros, comentan lo que va ocurriendo. Así, “El extraño viaje” seguiría la estela de crímenes rurales iniciada con éxito por títulos como “El clavo” (Rafael Gil, 1944), “El crimen de la calle bordadores” (Edgar Neville, 1946) o “Domingo de carnaval” (Edgar Neville, 1945) que tienen a la “comunidad” como un personaje más.

Acabando, vuelvo a subrayar el artificio narrativo de la resolución del misterio del asesinato. Mediante una retrospectiva en el último cuarto del metraje, escenas antes insignificantes se completan ahora en sentido a través del discurso del personaje de Carlos Larrañaga. Este recurso se ha desarrollado hasta el día de hoy alzándose como la principal característica del “thriller” (podemos relacionar en un mismo eje cronológico películas como “El extraño viaje”, “Instinto Básico” o “El club de la lucha”).

En definitiva, vemos en este título uno de los puntales de la filmografía de Fernando Fernán Gómez. Un flime cargado de ingenio narrativo y personajes complementarios. Aplaudido por la crítica y fugaz para el público (incomprensible dada su condición coral y comunitaria y su digestiva historia). Pero, sobre todo, un manual de hacer fácil lo difícil (en tiempos difíciles).

Fernando Polanco Muñoz

Febrero 1st, 2010

LA NOCHE DEL CAZADOR (1955) Charles Laughton

La Guerra Fría se intensificaba con la Guerra de Corea, la UE abría los ojos, el comunismo llegaba a China y el vampírico consumismo inflaba la industria estadounidense. Eran tiempos complejos y había que llegar a la gente con ideas sencillas.

Como una fábula para niños, este título de mediados de los cincuenta nos presenta un conglomerado de ideas empaquetadas en una sola bobina de simplista candidez, dicotomías y una inocencia pretendida que hacen al espectador volver a su infancia, a su Edén, para que reinterprete problemas como el fanatismo, las apologías radicales, la pobreza, el sectarismo de la comunidad o la desestructuración de la familia.

En su única película como director, Charles Laughton (codirigiendo con el desacreditado Robert Mitchum) sigue la tradición alemana expresionista moviendo las ruedas de la cámara, las sombras y las luces a antojo de su clara intencionalidad. Poniendo la partitura, Walter Schumann, en plena sintonía jugando con sus leitmotiv que hablan del blanco-negro, del bien-mal, de las flautas-contrabajos, de Lillian Gish-Robert Mitchum. Todo al más puro estilo de los románticos y contemporáneos Korngold (sí, ese sin el que John Williams sería basurero) y Steiner.

Separando lo diegético en lo musical, los dos personajes que son luz y oscuridad (el falso predicador y la “buena samaritana”) combinan con su puesta en escena distintas melodías silbadas y cantadas que, luego de separadas, se unen en el momento climático de la película (Lillian Gish en su hamaca defendiendo a los niños).

El decorado juega un papel cerebral en la coordinación de todos los departamentos; son comunes los planos generales recortados por la luz en figuras poligonales o habitaciones iluminadas de forma que sólo discernimos siluetas de personajes, objetos y ventanas. De hecho, si la cinta deja un testigo visual en el espectador éste correspondería a la silueta en contraluz o a la sombra proyectada de diferentes personajes (también de objetos clave en escenas revulsivas: la escalera del sótano, la ventana y la hamaca en el asedio, la ventana en el granero o el propio granero sobre el cielo). A la vez, reivindico el papel del río en la trama: es donde descansa la barca estropeada del difunto padre, refugia la casa de Uncle Birdie (que en las sesiones de pesca se convierte en el mentor del pequeño Harper), oculta el cadáver de la madre Harper y libera y transporta a los niños como los nuevos “Moisés”.

En definitiva, esta noche de 35 milímetros es un cuento. Un lobo con piel de cordero (en el rebaño de Cristo), una cazadora (la abuela de Caperucita agarró su fusil) y una bala (la del mensaje que nos  succiona la carne con un disparo entre ojo y ojo a 25 fotogramas por segundo).

Fernando Polanco Muñoz

Febrero 1st, 2010

PATATA PORNO GORE

Finalmente no pude ir a la última proyección de El Buque Maldito. A estas alturas el ocio siempre es sacrificable por cosas más serias. ¡La entrega del proyecto final se acerca y no tengo ni el 10% de la faena acabada! ¡Jarl!

Bueno, el caso es que este sábado sí que hay una cita indiscutible.

¿Alguna vez os he hablado de “La belleza de la señora patata“? Prometo que será de las últimas veces, en serio. Pero pasaos por AQUÍ a valorarla con honestidad. Es Shots, un certamen de cortometrajes de género fantástico organizado por Scifiworld.

Es el último cortometraje que hice y probablemente sea una de las últimas ocasiones de verlo en pantalla grande en Barcelona. La proyección está enmarcada entre las mil actividades del Porno Gore Garri Extreme Fest 2010.

Además ponen uno de los cortos-chorra más tronchantes de la década: “Torbellino de ostias“, de Adriá Cardona. Todo un triunfador de la última edición de Sitges.

Aquí toda la información del sarao:

Febrero 1st, 2010

LOST: MICHAEL GIACCHINO ENCUENTRA

Si de un acontecimiento audiovisual tuviéramos que hablar en esta oscura y decadente etapa del dispositivo cinematográfico sería del profético estreno de la sexta y última temporada de “Lost”, en televisión. Y es que todos sabemos que cine, televisión e internet, santa trinidad en sagrado bautizo, tienden a una sola cosa sin identificación nominal aún. “Lost”, con internet como principal arma de marketing viral, la televisión como lanzadera de emisión, y el cine como principal referente estético y cualitativo, se nos ha presentado pionera en esta atractiva y jugosa macedonia de adjetivos tropicales.

Pero, ¿qué hace que esta serie nos imprima en nuestras retinas imágenes de calidad cinematográfica? ¿Es el exorbitado presupuesto que convierte su capitulo piloto en el más caro de la historia? ¿Es la crepuscular dirección de fotografía? ¿El estupendo casting? ¿Las variadas y exóticas localizaciones? Ya decía, quizá todo esto componga la sabrosa macedonia resultante pero, utilizando un sensorial símil: si cerramos los ojos, seguiremos sabiendo que estamos ante esta colorida macedonia por el olor y, en el caso de “Lost”, cerramos los ojos y, no olemos, pero sí oímos a Michael Giacchino.

El árbol de referencias que despliega este nombre abarca con sus ramificaciones títulos cinematográficos como la elástica animación “Los increíbles” (plagada de guiños al John Barry más espía), la navideña comedia “La joya de la familia” o la porción de queso “Ratatoille” (que le valió su, hasta ahora, única nominación al Oscar). Pero no fue el celuloide el embrión de este compositor de Nueva Jersey; el mundo del videojuego acogió sus primeros compases (siempre resonarán para los “jugones” las melodías de la adaptación para PlayStation de “Jurassic Park: The Lost World” o de las eterna sagas “Medal of honor” y “Call of Duty”) y, posteriormente, acompañó realidades en “cuatro tercios” de series como “Alias”, en la que comenzó su fértil amistad con el realizador y productor J. J. Abrahams.

“Lost” supuso su carta de presentación al público internacional, destinatario con el que no ha dejado de mantener correspondencia (recuerden aquella epístola electrizante titulada “Misión imposible III” o la de su viaje estelar “Star trek”). Pero, sin duda, en esta maravillosa trayectoria a bordo de su particular “Enterprise” pentatónica huelga señalar la última parada relevante: Kodak Theater, año 2009, ceremonia de entrega de los premios de la Academia, Michael Giacchino, director de orquesta.

Y es que Giacchino es la pátina emocional necesaria para dotar a un producto audiovisual como “Lost” de un alma personal y distintiva. Casi el 95% de las series de televisión actuales utilizan elementos sintéticos y electrónicos para musicalizar, sólo “Battlestar Galactica 2003” (con el genial minimalismo de Bear McCreary) y “Lost” apuestan por una elaboración costosa y “en vivo” llegando a emular, y superar, la música de cine. Concretamente, los encargados de traducirla en directo componen la “Hollywood Studio Symphony Orchestra” (con las partituras de “Las crónicas de Narnia” o “Spiderman 2” en sus carpetas de trabajo).

Pero recordemos que estos treinta y siete músicos no son más que intérpretes, es Giacchino el que regurgita cada temporada más de 24 horas de música original, un trabajo mastodóntico que requiere además una velocidad frenética ajustada a los tiempos de la televisión. Dos días para escribir y orquestar y un tercero para grabarlo todo.

¿Y qué come un músico como Giacchino para vomitar partituras de tamaña calidad? Dice en sus entrevistas que para “Lost” el menú del que se nutre incluye un primer plato entrante del instinto camaleónico y ecléctico de Jerry Goldsmith, varios gramos del clasicismo de Max Steiner, salsa de Benny Goodman, un segundo plato relleno de “leitmotiv”, la constante especia del chef John Williams, y un fresco postre del Hermann más terrorífico (“Twilight zone”) y aventurero (“7th voyage of Simbad”).

Durante la escritura de las últimas temporadas de la serie, confiesan algunos de sus guionistas, en escenas de tono muy concreto escribían anotaciones como Giacchino comienza sus acordes lentamente y va subiendo mientras John Locke observa la selva y suena su melodía. Todo un avance en la escritura cinematográfica.

Y sabían con toda seguridad que estas anotaciones influirían directamente al director e incluso al propio actor, pues jugaban con unos códigos harto conocidos. Además, los temas referentes a personajes se convierten en leitmotivs que evolucionan temporada tras temporada, siendo característicos también los de composiciones melódicas relacionadas con “las excursiones” (siempre que los protagonistas caminan de un lado a otro), el “humo negro”, “los otros” o las distintas localizaciones como el campamento, el poblado, el aeropuerto, el psiquiátrico de Hurley o las diferentes estaciones “Dharma”.

Leyendo los “tracklist” de sus trabajos editados, podemos observar también cómo es proclive a realizarse guiños a sí mismo o a jugar a rotar combinaciones de títulos (en concreto, leitmotivs variantes de John Locke: “Crocodile Locke”, “Locke´d out again”, “Throught the locke-ing glass”, “Locke´ing horns” y “Locke about” durante las cuatro temporadas editadas en disco compacto).

Siendo coherente con la filosofía narrativa de “Lost”, Michael Giacchino confiesa que a la hora de componer la música tiene que hacerlo por partes y en orden, pues si sabe el final del episodio le resultará inevitable predecirlo musicalmente; escribe escena a escena. En ese sentido, al oír la música de la serie, el espectador y el compositor van de la mano, es una experiencia en primera persona, y en completo directo musical.

En cuanto a la selección de instrumentos, el clasicismo teórico en el que se inspira para llegar a las emociones y a los personajes es abandonado, llegando al extremismo de sorprendernos con una percusión compuesta por piezas reales del fuselaje de un avión siendo golpeadas, todo un área de vanguardia y experimentación. Además, suele incorporar instrumentos tribales o extintos de antiguas civilizaciones para darle el aire exótico, misterioso y desconocido que destila el tono general de la serie.

Pero si queremos ser justos con todo el “corpus” musical de “Lost” no puedo acabar sin mencionar dos elementos importantísimos en su definición. El primero, quedará para la posteridad como otro himno televisivo a la altura de las melodías de “Expediente X” o “El coche fantástico”, y me refiero a ese sonido inquietante y ondulado que acompaña al letrero inicial de cada capítulo. Al igual que la música de cabecera de Alias, el compositor es el mismísimo director y productor J. J. Abrahams, todo un artista polifacético. En este caso, un solo sonido continúo que se desvanece lentamente, puro minimalismo que sintetiza el espíritu de la serie de forma brillante.

El segundo elemento musical corresponde a todos esos temas “diegéticos”, de procedencia visible, correspondientes a la realidad de los personajes. No están en todos los capítulos, pero cada vez que aparecen se convierten en recuerdos memorables que tararearemos. Canciones como “Gouge Away” de los Pixies, “Wonderwall” de Oasis o “Fire walk with me” de Fantômas, serán relacionadas inevitablemente con un momento “lost” a partir de ahora. Es curioso cómo, en la distribución internacional, estas canciones varían en dependencia a la cultura popular musical de cada país.

Para cerrar estos párrafos, concluir señalando que si la música de “Lost” liga con todo el conjunto de la serie es porque sigue la dirección de ésta: los personajes y sus emociones. Por muchas conspiraciones, “humos negros”, osos polares y demás complicaciones fantásticas que haya, las relaciones entre Jack, Kate, Sayid, Sawyer, Hurley, Juliet, Faraday y demás priman. El amor, los celos, la amistad, la desconfianza, la soledad, la esperanza y todos los hilos tejidos por ese maravilloso equipo de guionistas son la capa narrativa que dejará lleno el poso emocional del espectador.

Y eso Michael Giacchino lo sabe.

Fernando Polanco Muñoz

Enero 29th, 2010

TOTAL RECALL (1990) Paul Verhoeven

“Si Phillip K. Dick levantara la cabeza…”, dicen muchos hoy día. Y es verdad que la obra de este maravilloso escritor de ciencia ficción ha sido adaptada y readaptada hasta la infinitud. Pero, si levantara la cabeza, seguro que se sorprendería positivamente con la potencia cinematográfica de muchos de sus relatos cortos. “Desafio total”, al igual que “Olvídate de mí”, nace del cuento “Lo recordamos por usted”, una historia que inserta la memoria en la industria del día a día en una sociedad futura.

Douglas Quaid es un hombre de la calle, sencillo, rutinario, con un matrimonio feliz y un trabajo estable. Pero quiere nuevas experiencias y recurre a una empresa que oferta la inclusión de recuerdos nuevos en el pasado de la memoria personal, una experiencia útil sólo mirando hacia atrás. Y este juego de realidades pasadas y presentes será uno de los principales motores narrativos que harán dudar al espectador sobre la realidad de lo que le ocurre al protagonista.

Para romper con la monotonía, Douglas quiere ser espía. Douglas es el hombre contemporáneo que, en una fase de su vida, recuerda esa infancia de indios, vaqueros, policías y marcianitos, la ilusión por una rutina forajida y un mundo lleno de peligros. Se convierte en un hombre perseguido en una situación muy “hitchcock”, una especie de falso culpable que le sigue el juego a los malos.

También existe un subtexto en la sociedad del planeta Marte. Un tirano dictador monopoliza los recursos de oxígeno ocultando una fuente extraterrestre inagotable. El bando terrorista separatista atenta por las calles de forma violenta. Los marginados se alían en los barrios más pobres de la ciudad, junto con los mutantes y los deformes, ayudando a la resistencia y luchando por sus derechos mientras miles de turistas de la Tierra se regocijan con todo lujo en las mejores instalaciones del planeta.

Todo este contexto social enmarcado en ciudades utópicas con taxis sin conductor, televisores integrados en la pared, grandes carteles luminosos en la calle, coches de diseños poligonales y aerodinámicos. Todo un intento visionario poco pretencioso que nada tiene que ver con la ciudad androide de “Blade Runner”.

Y uno de los personajes de la película más característicos es el líder de los mutantes, una especie de sabio Yoda, fiel al cliché del anciano de la experiencia correspondiente a la narrativa del “ciclo del héroe”. Esta especie de tumor parlante alojado en el torso de un humano, ayudará a nuestro protagonista con su consejo para superar, en el último momento, cualquier dificultad final.

Pero “Desafío total” no es pura ciencia ficción. Ya desde que Douglas quiere ser espía nuevos clichés del género policíaco entran en juego. Las persecuciones, las peleas a pistola o a puñetazos, los malos malísimos, los secuaces, los malos que son buenos, los buenos que son malos, la “femme fatale” del cine “noir” también está presente, el acompañante-ayudante del protagonista. En definitiva, podríamos concluirla como ciencia ficción policíaca (con su toque romántico, como siempre).

Fernando Polanco Muñoz

Enero 27th, 2010

TARGETS (1968) Peter Bogdanovich

Bogdanovich habla cuando El Terror” acaba.

En una especie de fundido encadenado interfímico, la mansión del varón Victor Frederick Vin Leppe se desmorona y su habitante huye. Los títulos de crédito anuncian la salida al aristócrata. La obra de Roger Corman se está extinguiendo, pero un nuevo “dirigido por” toma el relevo. El rostro del varón se ilumina. Es Boris Karloff, y decide saltar de celuloide en celuloide  tras la sobreimpresión definitiva: “The End”.

En una sala de proyección, rebautizado como Byron Orlok, Karloff oye los últimos acordes musicales de la banda sonora de Ronald Stein (inseparable del explotation en los 60/70). Ya no lleva maquillaje ni viste de época, el personaje está más cercano a la persona pero no nos engañemos, sigue estando frente a una cámara. Un nuevo primer acto ha comenzado.

Es curioso cómo el génesis de la película está retratado en los primeros minutos de la misma. Roger Corman, durante la proyección de su último éxito de terror gótico, ofrece a Bogdanovich la producción de su primer largometraje conocedor de su trayectoria como crítico. Se produce entonces la colisión de dos tradiciones, la del auteur francés (secundada en las américas por Bogdanovich y todo un ejército de nuevos cineastas) y la del guerrillero de la factoría Corman (con el género y la eficacia económica por bandera). El parto de este polvo exprés rompe aguas después de un rodaje de sólo tres semanas (siguiendo la filosofía Corman). “Targets” abría la carrera potencial de un nuevo director. Otros como Coppola (con “Dementia 13”) ya habían dado las gracias a Corman por lo mismo. Bogdanovich, marcado por su carácter presuntuoso, decidió con este título tomar el relevo generacional a Corman. Robó el testigo: Boris Karloff, y creó un panfleto que reflexiona sobre toda la producción de terror característica de su “padrino”.

Los monstruos maquillados ya no asustan”, reclama Orlok. Y es que “Targets” reivindica constantemente el nuevo horror. Ya no hay lugar para los clásicos de la Universal, de la Hammer ni de sus versiones de bajo presupuesto (algo similar ocurre en nuestro país con los infravalorados Paul Nashy o Armando de Ossorio). El terror gótico queda para los románticos y los nostálgicos. Y Sammy Michaels (interpretado por el mismo Bogdanovich) reclama a Orlok para interpretar su último guión, renovador en tema, estética y forma. Tan renovador en la forma que se inmiscuye en la misma trama.

Orlok está indeciso, quiere retirarse fuera del estrés, Sammy está convencido de que conseguirá que acepte el papel y, mientras, como si de una trama paralela se tratara, el propio guión de Sammy insufla el “nuevo terror” en la realidad, pues es un terror que surge de las portadas de los periódicos. Así, la historia escrita por el alter ego de Bogdanovich se concede la licencia de entremezclarse indirectamente con la ficción real de nuestros personajes hasta coincidir desde, literalmente, una pantalla de cine, atacando al espectador con sus novedosas crueldades (violentas y anónimas).

A resaltar las transiciones visuales (las rimas por corte) entre las dos tramas: Orlok mira la televisión en su hotel y Bobby Thompson (el francotirador protagonista del panfleto interno) cambia de canal en su comedor, uno se tumba en la cama y el otro se levanta, etc. Bonito recurso de montaje que equipara dos personajes con un peso compartido, la rutina de la felicidad les aplasta. Ambos quieren huir, uno desde el anonimato y el otro desde la fama. Cada uno tomará una decisión distinta que, irónicamente, les unirá en un mismo lugar.

El guión de Sammy es una película de contención que tensa con su intranquila calma un turbador sentimiento de violenta premonición. Bobby Thompson es feliz, pero está harto de ello. Se cargará hasta las cejas de armas y municiones y romperá su rutina y la de los suyos. Impresionante la continuidad en una especie de cámara flotante que lo sigue en el momento de la “decisión” (ve la televisión con los padres, habla con su mujer y vuelve al comedor con sus padres; sin pronunciar ningún ultimátum sabemos que los matará a todos).

Que la historia de Bobby sea la del guión de Sammy no es definitivo, pero las pistas invitan a creerlo.

La confrontación de la dicotomía del género de terror se produce al final del filme. Dos extraños se cruzan en un artificioso pero inmortal acorralamiento tras la matanza en el “drive-in”. El varón Victor Frederick Vin Leppe camina por la gigantesca pantalla, Byron Orlok se acerca lentamente con su bastón, Bobby Thompson, confundido, recibe varias bofetadas de alguno de los dos y se acurruca en el suelo como un niño desconsolado. La arrugada mirada de Boris Karloff es inmortal, Bobby Thompson y su cine aún tienen que madurar.

Parece que Bogdanovich tiene aún algún respeto por Roger Corman.

Como curiosidad, señalar que me sorprendí al recordar la lectura de un libro titulado “Imágenes malditas(“Ancient images”, Ramsey Campbell) ya que coincide tanto en el mensaje (apología del terror gótico) como en las referencias (el cita la película, testimonios de sus actores y una cinta coprotagonizada por Karloff y Lugosi perdida en una enrarecida conspiración); uno de los personajes (Roger, crítico de cine) tiene la misma biografía que Bogdanovich (incluso escribió su primer libro sobre Welles).

Lo importante es que también es una obra de otro cinéfilo que hace que su narración, en un juego de muñecas rusas cargado de referencias (extra)cinematográficas, gire en torno a esa capacidad aniquiladora de las imágenes, esa fascinación que acaba matando desde la propia pantalla. Y, cómo no, con el cine de terror como protagonista.

Fernando Polanco Muñoz

Enero 26th, 2010

Entre Freaks y La Bosca

Primero de todo decir que hoy es mi cumpleaños. No espero que me felicitéis en los comentarios, después de tantas primaveras la cosa se hace repetitiva. Este post es un AUTOREGALO.

A veces uno encuentra cosas por los internetes que, sin ser porno, son harto interesantes.

Desde hace unos años me he vuelto fan (aún no hay grupo en feisbú) de los blogs de fotos bizarras; proporcionados en su mayoría por el prehistórico portal de links Oink!

Un ejemplo:

¿Perturbador? Sale de este blog. Muchos desprecian la red como fuente de inspiración. Claro que muchas veces perdemos el tiempo de perfil en perfil de Facebook. Pero uno, curtido en el tecleo de las “tresuvedobles” desde hace muchos años, acaba por encontrar ese equilibrio entre la inercia virtual y el aprendizaje autodidacta. Internet, oh fuente altruista de sabiduría (bien filtrada). Recuerdo uno de los primeros usos que le di. Imprimía dibujos de los Pokemon y los vendía en la barriada por 100 pesetas (a la altura del negocio que abrí días antes del eclipse de sol del 99; me dediqué a robar radiografías en casa y a fabricar gafas de cartón para poder mirar directamente al sol, no recuerdo el precio de este cancerígeno producto).

Si estáis hasta los cojones de que ponga fotos en tamaño mastodóntico en el blog mal vamos, eh. No me pregunten, me ha dado por ahí, me encantan los blogs con fotos grandes. Y lo que me gusta lo copio.

¿Estaba hablando de blogs de fotos bizarras? ¡Pues toma!

El resto de las fotos de esta colección están AQUÍ.

Y ya que estamos os presento a Mia Mäkilä. Pintora, fotógrafa y DEMENTE. Una artistaza.

Os recomiendo una visita por las galerías de su web para descubrir una especie de sucesora de El Bosco (¡maestro!). Toda una señora en el sentido de la escatología y la poética del fluido.

¡Esto es una foto, eh! Ya sabéis, MIA MÄKILÄ,

Enero 25th, 2010

La muerte camina con tacón alto

El sábado 23 fui al pase de Escalofrío” (1977), con la presencia de su simpático director Carlos Puerto (BIOGRAFÍA). Fue genial disfrutar como siempre del ambiente en las reuniones organizadas en el Centro Cívico Garcilaso por El Buque Maldito. Tengo una práctica del copón para evitar cabezas durante la proyección. También he conseguido que las almorranas sufridas por las sillas marca Pryca se conviertan en costras, antes eran dos horas de tortura, ahora es como tener la silla incorporada al culo.

La película era de terror setentero español. El director nos comentó que desde un principio buscaban una calificación S porque tenían un público garantizado en un circuito de cines. Eso quería decir que pudimos ver tetas… y vellos púbicos a lo afro. ¡Hay grandes películas del destape aún por descubrir!

Dentro de un par de semanas olvidaré la película, pero no una de las preguntas que se sucedieron en el Q&A posterior a la proyección que me reveló a Carlos Puerto como guionista de ¡Barrio Sésamo, Los Mundos de Yupi y… El vampiro Casimiro! No sé cuántas veces me leería ese libro en primaria.

Ahora me siento mejor al verme implicado en ese proyecto llamado “Los Trits” (siempre lo traduciré como un “Aquí no hay quién viva” con monigotes interraciales para niños).

Hay una nueva cita en el Centro Garcilaso para este sábado 30. Y esta vez nos visitan Luciano Ercoli, y la actriz protagonista Susan Scott (aka Nieves Navarro). ¿La película?

Ya saben. COMPLETAMENTE GRATIS.

Enero 24th, 2010

EL OTRO (1972) Robert Mulligan


Llevaba meses leyendo en mil y un ensayos de cine de terror sobre esta película. No hay libro de la editorial Valdemar en el que no sea un pie de página.

Stephen King habla en su Danza macabra (un recomendable tocho que analiza el cine de terror desde los 50 a los 80 bajo el prisma de toda la tradición anterior en la literatura) de que cualquier obra actual de este género parte de una de estas tres novelas-paradigma: “Frankenstein”, la cosa, “Dr Jekyll & Mr Hyde”, el doble, y “Drácula”, el caníbal (un cuarto pilar posible es, en “Una vuelta de tuerca”, el fantasma).

El otro se agrupa claramente entre todas esas historias que desdoblan al protagonista del ying al yang cuando cae la noche. Su valor diferencial reside sin duda en el tratamiento de lo macabro en forma de cuento (similar a “La noche del cazador” o “Matar a un ruiseñor”, también dirigida por Mulligan).

Ganador de la medalla de oro al mejor realizador en Sitges´72, Mulligan narra las tiernas aventuras de dos hermanos gemelos, Niles y Holland, en una sureña granja de los Estados Unidos a partir de un bestseller de su tiempo (adaptada a guión por el mismo autor).

Uno de los temas principales de la película es la aceptación de la muerte de un ser querido, una constante en películas de fantasmas como “El orfanato” o en thrillers sobrenaturales como “Los sin nombre”. El plus a este tema tan manido en el género es que el fallecido en cuestión es el hermano gemelo del protagonista. Así, con este desdoblamiento físico, se habla de alguien que ha visto en primera persona su propio cadáver ergo (teme) su propia muerte (una temática muy recurrente en la obra de Unamuno: “El hermano Juan” o “Niebla”).

Aunque fueron dos gemelos reales los que interpretaron a los hermanos Perry, no aparecieron

en ningún plano el uno junto al otro. Sólo los une la distancia del corte o la violencia de alguna panorámica. No fue así en la película de gemelos por antonomasia: “Inseparables”, de David Cronenberg, donde un innovador sistema de cámaras automatizadas permitía a Jeremy Irons ser su propio gemelo. ¡Mayor ironía! Aquí la crisis de identidad fraternal es en vida, dos cuerpos y dos almas coordinadas. Por el contrario, en “El otro” tenemos dos almas en un mismo cuerpo.

Y de entre estas dos esencias, una es necesariamente malvada. No hace falta volver al Dr Jekyll, otro bestseller como “La Biblia” ya creó escuela con su Caín y Abel (estela que llega hasta el dualismo travestido de “Psicosis”). Es común que el reverso oscuro permanezca latente y acabe triunfante (¡qué mejor manera que, en forma de sombra, el siniestro Holland Perry tiente a seguir el juego en el último plano de la cinta!).

Pero hablemos en susurros, como ese niño malvibrante que elucubra mientras mueve su raquítico dedo en “El resplandor”. La tradición de niños malignos, con o sin poderes, es extensa (y la última edición del festival de Sitges ha demostrado que está tan de moda como el subgénero zombie o los vampiros metrosexuales). Desde el realismo de “El buen hijo” al chascarrillo de “Los chicos del maíz”, el bullying invertido de “Largo fin de semana”, el producto nacional en “¿Quién puede matar a un niño?” (donde también se convierten en asesinos del feto de una embarazada) o la reciente “La huérfana”. Lo más terrorífico es que el niño no esté poseído por ningún demonio para que obre con la mano siniestra (aunque “La profecía” también da muy mal rollo).

Es el elemento fantástico el que da a Niles Perry la facultad de ejercer el mal. Y, contrario a la opinión del propio Robert Mulligan, opino que sí es una película de género. Puede que no del terror carnal y viscerado (aunque reúne elementos como el dedo-fetiche del cadáver, la recurrencia de las ratas o el feto bicéfalo que dan apuntes estéticos), tampoco del horror de suspense y sustos (en ningún momento tenemos que aguantar la respiración), pero sí del terror más “moderno”, el que habla de los miedos sin darlo y, sobre todo, al que poco le importan las barreras entre el bien y el mal. El monstruo más terrorífico es un niño, y el maquillaje más conseguido es su halo de inocencia.

Los acontecimientos que en la granja de los Perry suceden están dilatados a más no poder. La escala de asesinatos va en progresión, a la par que la maldad de Holland. Todo comienza con un bote de conservas que se rompe (al igual que el huevo “Alien”) y, pasando por el raticidio, acabamos con una ola de muertes de figuras cada vez más representativas. Esto, junto con la intriga que nos mantiene preguntándonos por la existencia real de Holland, se convierte en el hilo conductor narrativo. Nos remitimos a las preguntas “¿Qué pasó con el padre? ¿Y con el hermano?” hasta la saciedad. Y es que la excesiva dosificación de información se acaba volviendo tediosa y alargada.

El principal afectado de esto es el ritmo, por sí ya de cadencia pausada y apoyado en una puesta en escena cristalina y diáfana donde los actores se mueven saliendo y entrando de cuadro con una coreografía del plano general muy fluida.

La mirada del director es clara, concisa y sin licencias expresionistas. Podría decirse que utiliza un lenguaje televisivo (su cuna audiovisual) y algo caduco (por los zooms y las nerviosas panorámicas que tanto duelen hoy día).

Increíbles Chris y Martin Udvarnoky, gemelos de a pie. Todo el peso de la película reside en la credibilidad de sus momentos. Sobrecogedores sus susurros y genialmente resuelta la escena-revelación en la que Niles se enfrenta a la tumba de su hermano. Una pena que no volvieran a ponerse tras las cámaras.

Si antes hablábamos de las dudas en cuanto a su clasificación genérica, al centrarnos en su tratamiento estético encontramos la clave. El colorismo, las auras luminosas en los brillos o la predominancia de exteriores día no hacen más que jugar al contrapunto (tal como haría posteriormente “El resplandor”). Un tratamiento naturalista refuerza el aspecto inocente del protagonista, y el contraste con los acontecimientos es demoledor.

Un último aspecto determinante en este juego de contraposiciones del que vengo hablando es la música. Jerry Goldsmith (harto conocido para los fans del género e idolatrado por sus composiciones en “Desafío total”, “La profecia”, ¡Ave Satani!, o “Gremlins”) decide acompañar los juegos del niño con alegría y jolgorio, pero cuando la cosa se pone seria elige el silencio. Así, la partitura se convierte en una especie de juez acusador que carga de culpa al Niles más cóncavo.

¿Pero de dónde vienen esos silbidos? No precisamente de laboca de Goldsmith. ¿Andará por aquí el lobo feroz, Robert Mitchum? Porque de nuevo aparece la referencia a “La noche del cazador”, donde el malvado anunciaba sus apariciones escupiendo una melodia. Holland Perri, como buen ente perverso, también.

El otro” visto por los mismos ojos que han parpadeado ante la muerte del tito Jackson sabe a nostalgia amohecida. Es innegable que los años han dejado visibles marcas de óxido, pero tiene una atmósfera tan propia y perturbadora que es imposible reconocer su unicidad. Como el juego de los gemelos, lo complicado es entrar. Pero una vez te crees tu papel, los espejos te devolverán tu imagen hasta el infinito.

¿Será el momento de preguntar a tus padres por algún hermano gemelo oculto en el ático?

Fernando Polanco Muñoz

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