La Guerra Fría se intensificaba con la Guerra de Corea, la UE abría los ojos, el comunismo llegaba a China y el vampírico consumismo inflaba la industria estadounidense. Eran tiempos complejos y había que llegar a la gente con ideas sencillas.
Como una fábula para niños, este título de mediados de los cincuenta nos presenta un conglomerado de ideas empaquetadas en una sola bobina de simplista candidez, dicotomías y una inocencia pretendida que hacen al espectador volver a su infancia, a su Edén, para que reinterprete problemas como el fanatismo, las apologías radicales, la pobreza, el sectarismo de la comunidad o la desestructuración de la familia.
En su única película como director, Charles Laughton (codirigiendo con el desacreditado Robert Mitchum) sigue la tradición alemana expresionista moviendo las ruedas de la cámara, las sombras y las luces a antojo de su clara intencionalidad. Poniendo la partitura, Walter Schumann, en plena sintonía jugando con sus leitmotiv que hablan del blanco-negro, del bien-mal, de las flautas-contrabajos, de Lillian Gish-Robert Mitchum. Todo al más puro estilo de los románticos y contemporáneos Korngold (sí, ese sin el que John Williams sería basurero) y Steiner.
Separando lo diegético en lo musical, los dos personajes que son luz y oscuridad (el falso predicador y la “buena samaritana”) combinan con su puesta en escena distintas melodías silbadas y cantadas que, luego de separadas, se unen en el momento climático de la película (Lillian Gish en su hamaca defendiendo a los niños).
El decorado juega un papel cerebral en la coordinación de todos los departamentos; son comunes los planos generales recortados por la luz en figuras poligonales o habitaciones iluminadas de forma que sólo discernimos siluetas de personajes, objetos y ventanas. De hecho, si la cinta deja un testigo visual en el espectador éste correspondería a la silueta en contraluz o a la sombra proyectada de diferentes personajes (también de objetos clave en escenas revulsivas: la escalera del sótano, la ventana y la hamaca en el asedio, la ventana en el granero o el propio granero sobre el cielo). A la vez, reivindico el papel del río en la trama: es donde descansa la barca estropeada del difunto padre, refugia la casa de Uncle Birdie (que en las sesiones de pesca se convierte en el mentor del pequeño Harper), oculta el cadáver de la madre Harper y libera y transporta a los niños como los nuevos “Moisés”.
En definitiva, esta noche de 35 milímetros es un cuento. Un lobo con piel de cordero (en el rebaño de Cristo), una cazadora (la abuela de Caperucita agarró su fusil) y una bala (la del mensaje que nos succiona la carne con un disparo entre ojo y ojo a 25 fotogramas por segundo).
Fernando Polanco Muñoz




