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monstruo
March 21st, 2010

DAWN OF THE DEAD (1979) George A. Romero

Cuando no hay más espacio en el infierno, los muertos caminan por la Tierra”, comienza advirtiendo la primera y última figura religiosa de la segunda película de la saga “de los muertos” de George A. Romero. Un cura afroamericano con una sotana clásica y su alzacuellos reglamentario, el único que nos ofrecerá en todo el filme una explicación a la repentina y misteriosa resurrección de los cadáveres.

El caos de un plató televisivo nos inicia en la información más básica de la catástrofe. Un debate entre periodistas ha creado polémica, se han generado dos posturas opuestas, dos bandos distintos de actuación. Romero nos retrata aquí el cacareo televisivo de personajes excéntricos que no saben nada y dicen mucho. Los jefes de la cadena quieren tener información del exterior aunque con ello pierdan la vida sus reporteros: la competencia por la exclusiva, por generar realidad televisiva; si no es noticia, no existe.

La aparición del ejército va acompañada de violencia desmesurada, incluso varios de sus miembros pierden el control en una redada a un piso del extrarradio. Así, los primeros muertos vivientes que aparecen van precedidos del asesinato por parte de varios militares de una banda de negros y latinos en un edificio de clase media-baja. Y todos estos primeros muertos vivientes serán inmigrantes y gente pobre: el mal comienza por las clases menores, se introduce por las lacras marginadas.

Pero el “virus” se ha extendido por todas las ciudades y las autoridades competentes han perdido legitimidad, los grupos de víctimas se alían para buscar lugares seguros lejos de este peligro externo (aunque realmente podemos considerarlo principalmente interno ya que no es más que la lucha del hombre con el hombre). Y esta amenaza no tiene posibilidad de ser asimilada, debe ser aniquilada ya que el caos, el anarquismo y el desorden han hecho que las fronteras de la amenaza sean difusas y ambivalentes.

Los cuatro personajes principales encontrarán en un centro comercial el lugar idóneo para intentar sobrevivir. Peter y Roger son dos compañeros del ejército que verán en esta situación una oda a la violencia, un culto al arma y una diversión infantil. Con sus paseos por el centro comercial pistola en mano banalizarán la muerte entre robo y robo. Peter, el negro, es el más comedido, con un código moral férreo y pocas palabras se regocijará en cada disparo pero no llegará al nivel de Roger, que en un momento de locura se verá poseído por un síndrome de violencia absoluta e injustificada. Roger se definirá perfectamente al pronunciar sobre los zombis: “tienen una ventaja sobre nosotros: que no razonan”. La veleta direccional de este personaje es la irracionalidad y el instinto más básico, cualquier atisbo de racionalidad en sus acciones lo considerará un defecto (una postura completamente contraria al filósofo parlante de la televisión: “debemos actuar racional y lógicamente”). Para ninguno de estos dos personajes hay un futuro, no tienen una familia que les espere ni esperanza para formar una nueva, han aceptado su papel de guerreros y lo cumplen hasta el último momento.

Por otra parte, Stephen y Francine son Adán y Eva en una nueva sociedad, el nuevo génesis de la especie humana. Stephen comienza con poco éxito su relación con el dúo Roger-Peter, pero a medida que los peligros les comen terreno, será aceptado paralelamente a que mejore su dominio de las armas. Francine es la única mujer del grupo, además embarazada, subestimada y apartada de las aventuras del resto. Exige aprender a conducir el helicóptero y a disparar un arma y la relación con el dúo Roger-Peter irá mejorando durante el desarrollo de la trama, pasando de un papel completamente pasivo a uno altamente activo en el final de la cinta.

Respecto a las convenciones del género para la presentación, descubrimiento y el enfrentamiento con “el monstruo”, Romero es consciente de los conocimientos previos del espectador. Tras una mínima presentación de carácter sintético, sin más preámbulos, se centra directamente en el enfrentamiento entre los personajes principales y “el monstruo” (en este caso más de uno). La personalidad de estos zombis dará momentos cómicos como el paseo por el centro comercial del zombi budista con pandereta en mano o los impulsos de muchos de éstos muertos vivientes por “ir de compras”, “es un reflejo inconsciente de lo que hacían diariamente en su vida”, diría uno de los personajes en una clara crítica al consumismo capital.

Aunque sí es cierto que el sentido del humor no es uno de los fuertes de “Zombi”, al menos en comparación al gore cómico y ácido al que nos tiene acostumbrado Romero hasta hoy (incluso en su última “Diary of the dead” con la ya inmortal escena del amish sordomudo). Si la comedia es un punto extra en el género de terror, Romero no ha puntuado esta vez.

También fuera de los clichés del género está la sobriedad del montaje, con continuas elipsis y un tufillo a documental que ha envejecido mal. Como consecuencia directa: el uso de unas lentes de 50 mm. con cuadros sin apenas profundidad ni volumen y unas imágenes poco impactantes. También el entorno del centro comercial ha reducido el barroquismo al que estamos acostumbrados en castillos, casas encantadas y cementerios a unas paredes de cemento completamente planas y sin ornamento alguno.

Y, acabando con la narrativa, nos encontramos un enfrentamiento final con “el monstruo” mezclado con una batalla entre humanos: los saqueadores han entrado en el centro comercial y no tienen buenas intenciones. De nuevo la línea entre los buenos y los malos se difumina, quedando los monstruos en un segundo plano para centrarse en una guerra civil entre hombres con un enemigo común. Y el desenlace, completamente abierto como corresponde a una película de terror de los ochenta, con vistas a un futuro incierto, dos personajes que viajan sin destino en helicóptero (sin destino y sin apenas gasoil). Una mujer embarazada, y toda la esperanza que eso conlleva.

February 3rd, 2010

ANGUSTIA (1986) Bigas Luna

Diciembre de 1986, Festival de cine fantástico y de terror de Sitges: Bigas Luna, uno de los directores más polémicos y personales del cine español sorprende a locales y foráneos con “Angustia”, título de terror nacional sólo superado por, si el arte del subjetivismo me lo permite, “¿Quién puede matar a un niño?” de Narciso Ibáñez Serrador y “[REC]” de Paco Plaza y Jaume Balagueró.

Juan es oftalmólogo y tiene una curiosa afición: colecciona ojos. Su madre  ejerce sobre él un fuerte dominio psicológico, le ordena dirigirse a un cine, donde coincide con Linda y Patricia, dos amigas que han ido a la sesión matinal. El efecto hipnótico de la película les hará pasar por una extraña y laberíntica situación.

Pero lo interesante de esta cinta calificada como “rare avis” no concierne a su categoría genérica ni a su escasa repercusión, sino a su juego metalingüístico y a su experimentación sociológica dentro del individuo (siendo el cine de recepción personal Bigas implica, como ya veremos, al entorno, a la propia sala y a sus espectadores a la vez que a todo el imaginario colectivo referente al pánico, la histeria y la sugestión).

Buenas noches a todos, bienvenidos a nuestra película. Como habrán observado, hemos instalado en el vestíbulo asistencia médica totalmente gratuita disponible con solo presentar la entrada. También hay máscaras de oxígeno a su disposición en cada butaca.
Y, durante la película, no hable con nadie que no conozca.

Sin andarse por las ramas, lo primero que nos comunica el filme es su autoconciencia. Habla de sí mismo, de las condiciones en las que está siendo proyectado, se dirige directamente al espectador, habla de lo que hay fuera de la sala: crea una realidad. Además, nos advierte de la excentricidad de lo que vendrá a continuación, de los posibles ataques ante la intensidad y los mensajes subliminales a los que estará expuesto el espectador. Así, se plantea un espectáculo interactivo que resemantiza el visionado tradicional de una proyección.

Y este juego de muñecas rusas se retuerce aún más cuando, en el primer tercio, la proyección se desdobla y vemos cómo unas adolescentes asisten a la proyección de la película que antes recibíamos, esas espectadoras pueden estar en la butaca de enfrente o en la de al lado, son nuestra realidad, respiran en nuestra misma sala. Son nosotros mismos, están sufriendo la película de la misma forma que nosotros. Y entonces la magia. El asesino de la película primera se integra en la segunda, con la que nosotros coexistimos. El peligro se convierte en real, la sugestión se evapora, la histeria es palpable y el pánico intercala miradas con los ocupantes de los asientos más cercanos.

Pero que ese juego de ficciones, realidades, metarealidades y subficciones no confunda, el mensaje es claro: las imágenes se encuentran hoy en el vértice superior del triángulo jerárquico de la influencia. Y, si el cine es ya un buen arma de generación, la televisión es la bomba H definitiva (llegando a los límites de “Poltergeist”, con la que, curiosamente comparte actriz, Zelda Rubinstein, recientemente fallecida).

La recepción individual (televisión) del audiovisual responde a patrones de una posterior relación social que tiene como objeto de mediación el producto audiovisual comúnmente consumido con el beneficio de la reflexión en pretérito: “Un escalofrío me recorrió en la escena final” dice el distanciado espectador. Y, por la contra, ante el consumo colectivo (salas de cine): la desnudez, la pérdida de la intimidad espectatorial, las emociones públicas: “un escalofrío me recorre en este momento”, dice el espectador en presente, y me estás viendo, estás a mi derecha, compartimos punto de vista, vecino de butaca, nos aunamos en sensaciones, somos un todo viviente, un ente emocional, humanidad abstracta.

Fernando Polanco Muñoz

February 2nd, 2010

EL EXTRAÑO VIAJE (1964) Fernando Fernán Gómez

Para ver joyas en el cine español no es necesario armarse de pico y pala, escarbar en alguna mina profunda y descubrir una ancestral y milenaria filmoteca. Sólo tenemos que inflar los pulmones, olvidar la pereza prejuiciosa y repasar año tras año las producciones nacionales.

Retrocediendo hasta 1986 los primerizos premios Goya nos darían un nombre capital para una bonita retrospectiva: Fernando Fernán Gómez (que con “El viaje a ninguna parte” levantó los primeros bustos goyescos como “mejor director”, “mejor película” y “mejor guión original” y con “Mambrú se fue a la guerra” como “mejor actor). El salto es inevitable; repasando su filmografía admiraríamos títulos populares o  malditos, pero el que aquí ocupa, gestado en plena década de los sesenta (con todas sus consecuencias), brilla con el paso de los años tanto por su  calidad atemporal como por su poca presencia.

Extraño título para una película que transcurre casi en su totalidad en un pequeño pueblo de los alrededores de Madrid. ¿Será el “viaje” al que hace referencia la propia forma del discurso? Y es que la estructura narrativa de la película responde a los esquemas cruzados del suspense de “Alfred Hitchcock presenta”, “Historias para no dormir” de Narciso Ibáñez Serrador o de las novelas de Agatha Christie. Siempre con el factor cañí español que da el acorde humorístico y forma un híbrido fílmico del que incluso hoy beben gente como Sánchez-Cabezudo (“La noche de los girasoles”),  Daniel Monzón (“La caja Covak”) o Rafa Cortés (“yo”).

Tanto la forma como el tema y los personajes vinculan la cinta al género de suspense, pero es interesante cómo roza el terror y el fantástico sobre todo cuando la cámara está dentro de la casa de Doña Ignacia: primeros términos de animales disecados, sombras, puertas que se mueven solas, gatos negros, el doble o el sustituto en la resurrección, los hermanos “freaks”, etc.

Me resulta inevitable citar “Angustia” de Bigas Luna. La relación madre-hijo de los protagonistas de esta película es similar a la del tándem Venancio-Paquita frente a Ignacia (más madre que hermana). Y, cómo no, el Norman Bates de “Psicosis” (travestismo incluido). De ambas referencias, aparte de la peculiar jerarquía de sumisión familiar, también es comparable el bizarrismo de la atmósfera y la presencia como personaje de la casa.

Da la sensación durante todo el film de que la trama está ocurriendo dentro de la casa y que el resto del pueblo no son más que espectadores que, como nosotros, comentan lo que va ocurriendo. Así, “El extraño viaje” seguiría la estela de crímenes rurales iniciada con éxito por títulos como “El clavo” (Rafael Gil, 1944), “El crimen de la calle bordadores” (Edgar Neville, 1946) o “Domingo de carnaval” (Edgar Neville, 1945) que tienen a la “comunidad” como un personaje más.

Acabando, vuelvo a subrayar el artificio narrativo de la resolución del misterio del asesinato. Mediante una retrospectiva en el último cuarto del metraje, escenas antes insignificantes se completan ahora en sentido a través del discurso del personaje de Carlos Larrañaga. Este recurso se ha desarrollado hasta el día de hoy alzándose como la principal característica del “thriller” (podemos relacionar en un mismo eje cronológico películas como “El extraño viaje”, “Instinto Básico” o “El club de la lucha”).

En definitiva, vemos en este título uno de los puntales de la filmografía de Fernando Fernán Gómez. Un flime cargado de ingenio narrativo y personajes complementarios. Aplaudido por la crítica y fugaz para el público (incomprensible dada su condición coral y comunitaria y su digestiva historia). Pero, sobre todo, un manual de hacer fácil lo difícil (en tiempos difíciles).

Fernando Polanco Muñoz

February 1st, 2010

LA NOCHE DEL CAZADOR (1955) Charles Laughton

La Guerra Fría se intensificaba con la Guerra de Corea, la UE abría los ojos, el comunismo llegaba a China y el vampírico consumismo inflaba la industria estadounidense. Eran tiempos complejos y había que llegar a la gente con ideas sencillas.

Como una fábula para niños, este título de mediados de los cincuenta nos presenta un conglomerado de ideas empaquetadas en una sola bobina de simplista candidez, dicotomías y una inocencia pretendida que hacen al espectador volver a su infancia, a su Edén, para que reinterprete problemas como el fanatismo, las apologías radicales, la pobreza, el sectarismo de la comunidad o la desestructuración de la familia.

En su única película como director, Charles Laughton (codirigiendo con el desacreditado Robert Mitchum) sigue la tradición alemana expresionista moviendo las ruedas de la cámara, las sombras y las luces a antojo de su clara intencionalidad. Poniendo la partitura, Walter Schumann, en plena sintonía jugando con sus leitmotiv que hablan del blanco-negro, del bien-mal, de las flautas-contrabajos, de Lillian Gish-Robert Mitchum. Todo al más puro estilo de los románticos y contemporáneos Korngold (sí, ese sin el que John Williams sería basurero) y Steiner.

Separando lo diegético en lo musical, los dos personajes que son luz y oscuridad (el falso predicador y la “buena samaritana”) combinan con su puesta en escena distintas melodías silbadas y cantadas que, luego de separadas, se unen en el momento climático de la película (Lillian Gish en su hamaca defendiendo a los niños).

El decorado juega un papel cerebral en la coordinación de todos los departamentos; son comunes los planos generales recortados por la luz en figuras poligonales o habitaciones iluminadas de forma que sólo discernimos siluetas de personajes, objetos y ventanas. De hecho, si la cinta deja un testigo visual en el espectador éste correspondería a la silueta en contraluz o a la sombra proyectada de diferentes personajes (también de objetos clave en escenas revulsivas: la escalera del sótano, la ventana y la hamaca en el asedio, la ventana en el granero o el propio granero sobre el cielo). A la vez, reivindico el papel del río en la trama: es donde descansa la barca estropeada del difunto padre, refugia la casa de Uncle Birdie (que en las sesiones de pesca se convierte en el mentor del pequeño Harper), oculta el cadáver de la madre Harper y libera y transporta a los niños como los nuevos “Moisés”.

En definitiva, esta noche de 35 milímetros es un cuento. Un lobo con piel de cordero (en el rebaño de Cristo), una cazadora (la abuela de Caperucita agarró su fusil) y una bala (la del mensaje que nos  succiona la carne con un disparo entre ojo y ojo a 25 fotogramas por segundo).

Fernando Polanco Muñoz

January 29th, 2010

TOTAL RECALL (1990) Paul Verhoeven

“Si Phillip K. Dick levantara la cabeza…”, dicen muchos hoy día. Y es verdad que la obra de este maravilloso escritor de ciencia ficción ha sido adaptada y readaptada hasta la infinitud. Pero, si levantara la cabeza, seguro que se sorprendería positivamente con la potencia cinematográfica de muchos de sus relatos cortos. “Desafio total”, al igual que “Olvídate de mí”, nace del cuento “Lo recordamos por usted”, una historia que inserta la memoria en la industria del día a día en una sociedad futura.

Douglas Quaid es un hombre de la calle, sencillo, rutinario, con un matrimonio feliz y un trabajo estable. Pero quiere nuevas experiencias y recurre a una empresa que oferta la inclusión de recuerdos nuevos en el pasado de la memoria personal, una experiencia útil sólo mirando hacia atrás. Y este juego de realidades pasadas y presentes será uno de los principales motores narrativos que harán dudar al espectador sobre la realidad de lo que le ocurre al protagonista.

Para romper con la monotonía, Douglas quiere ser espía. Douglas es el hombre contemporáneo que, en una fase de su vida, recuerda esa infancia de indios, vaqueros, policías y marcianitos, la ilusión por una rutina forajida y un mundo lleno de peligros. Se convierte en un hombre perseguido en una situación muy “hitchcock”, una especie de falso culpable que le sigue el juego a los malos.

También existe un subtexto en la sociedad del planeta Marte. Un tirano dictador monopoliza los recursos de oxígeno ocultando una fuente extraterrestre inagotable. El bando terrorista separatista atenta por las calles de forma violenta. Los marginados se alían en los barrios más pobres de la ciudad, junto con los mutantes y los deformes, ayudando a la resistencia y luchando por sus derechos mientras miles de turistas de la Tierra se regocijan con todo lujo en las mejores instalaciones del planeta.

Todo este contexto social enmarcado en ciudades utópicas con taxis sin conductor, televisores integrados en la pared, grandes carteles luminosos en la calle, coches de diseños poligonales y aerodinámicos. Todo un intento visionario poco pretencioso que nada tiene que ver con la ciudad androide de “Blade Runner”.

Y uno de los personajes de la película más característicos es el líder de los mutantes, una especie de sabio Yoda, fiel al cliché del anciano de la experiencia correspondiente a la narrativa del “ciclo del héroe”. Esta especie de tumor parlante alojado en el torso de un humano, ayudará a nuestro protagonista con su consejo para superar, en el último momento, cualquier dificultad final.

Pero “Desafío total” no es pura ciencia ficción. Ya desde que Douglas quiere ser espía nuevos clichés del género policíaco entran en juego. Las persecuciones, las peleas a pistola o a puñetazos, los malos malísimos, los secuaces, los malos que son buenos, los buenos que son malos, la “femme fatale” del cine “noir” también está presente, el acompañante-ayudante del protagonista. En definitiva, podríamos concluirla como ciencia ficción policíaca (con su toque romántico, como siempre).

Fernando Polanco Muñoz

January 27th, 2010

TARGETS (1968) Peter Bogdanovich

Bogdanovich habla cuando El Terror” acaba.

En una especie de fundido encadenado interfímico, la mansión del varón Victor Frederick Vin Leppe se desmorona y su habitante huye. Los títulos de crédito anuncian la salida al aristócrata. La obra de Roger Corman se está extinguiendo, pero un nuevo “dirigido por” toma el relevo. El rostro del varón se ilumina. Es Boris Karloff, y decide saltar de celuloide en celuloide  tras la sobreimpresión definitiva: “The End”.

En una sala de proyección, rebautizado como Byron Orlok, Karloff oye los últimos acordes musicales de la banda sonora de Ronald Stein (inseparable del explotation en los 60/70). Ya no lleva maquillaje ni viste de época, el personaje está más cercano a la persona pero no nos engañemos, sigue estando frente a una cámara. Un nuevo primer acto ha comenzado.

Es curioso cómo el génesis de la película está retratado en los primeros minutos de la misma. Roger Corman, durante la proyección de su último éxito de terror gótico, ofrece a Bogdanovich la producción de su primer largometraje conocedor de su trayectoria como crítico. Se produce entonces la colisión de dos tradiciones, la del auteur francés (secundada en las américas por Bogdanovich y todo un ejército de nuevos cineastas) y la del guerrillero de la factoría Corman (con el género y la eficacia económica por bandera). El parto de este polvo exprés rompe aguas después de un rodaje de sólo tres semanas (siguiendo la filosofía Corman). “Targets” abría la carrera potencial de un nuevo director. Otros como Coppola (con “Dementia 13”) ya habían dado las gracias a Corman por lo mismo. Bogdanovich, marcado por su carácter presuntuoso, decidió con este título tomar el relevo generacional a Corman. Robó el testigo: Boris Karloff, y creó un panfleto que reflexiona sobre toda la producción de terror característica de su “padrino”.

Los monstruos maquillados ya no asustan”, reclama Orlok. Y es que “Targets” reivindica constantemente el nuevo horror. Ya no hay lugar para los clásicos de la Universal, de la Hammer ni de sus versiones de bajo presupuesto (algo similar ocurre en nuestro país con los infravalorados Paul Nashy o Armando de Ossorio). El terror gótico queda para los románticos y los nostálgicos. Y Sammy Michaels (interpretado por el mismo Bogdanovich) reclama a Orlok para interpretar su último guión, renovador en tema, estética y forma. Tan renovador en la forma que se inmiscuye en la misma trama.

Orlok está indeciso, quiere retirarse fuera del estrés, Sammy está convencido de que conseguirá que acepte el papel y, mientras, como si de una trama paralela se tratara, el propio guión de Sammy insufla el “nuevo terror” en la realidad, pues es un terror que surge de las portadas de los periódicos. Así, la historia escrita por el alter ego de Bogdanovich se concede la licencia de entremezclarse indirectamente con la ficción real de nuestros personajes hasta coincidir desde, literalmente, una pantalla de cine, atacando al espectador con sus novedosas crueldades (violentas y anónimas).

A resaltar las transiciones visuales (las rimas por corte) entre las dos tramas: Orlok mira la televisión en su hotel y Bobby Thompson (el francotirador protagonista del panfleto interno) cambia de canal en su comedor, uno se tumba en la cama y el otro se levanta, etc. Bonito recurso de montaje que equipara dos personajes con un peso compartido, la rutina de la felicidad les aplasta. Ambos quieren huir, uno desde el anonimato y el otro desde la fama. Cada uno tomará una decisión distinta que, irónicamente, les unirá en un mismo lugar.

El guión de Sammy es una película de contención que tensa con su intranquila calma un turbador sentimiento de violenta premonición. Bobby Thompson es feliz, pero está harto de ello. Se cargará hasta las cejas de armas y municiones y romperá su rutina y la de los suyos. Impresionante la continuidad en una especie de cámara flotante que lo sigue en el momento de la “decisión” (ve la televisión con los padres, habla con su mujer y vuelve al comedor con sus padres; sin pronunciar ningún ultimátum sabemos que los matará a todos).

Que la historia de Bobby sea la del guión de Sammy no es definitivo, pero las pistas invitan a creerlo.

La confrontación de la dicotomía del género de terror se produce al final del filme. Dos extraños se cruzan en un artificioso pero inmortal acorralamiento tras la matanza en el “drive-in”. El varón Victor Frederick Vin Leppe camina por la gigantesca pantalla, Byron Orlok se acerca lentamente con su bastón, Bobby Thompson, confundido, recibe varias bofetadas de alguno de los dos y se acurruca en el suelo como un niño desconsolado. La arrugada mirada de Boris Karloff es inmortal, Bobby Thompson y su cine aún tienen que madurar.

Parece que Bogdanovich tiene aún algún respeto por Roger Corman.

Como curiosidad, señalar que me sorprendí al recordar la lectura de un libro titulado “Imágenes malditas(“Ancient images”, Ramsey Campbell) ya que coincide tanto en el mensaje (apología del terror gótico) como en las referencias (el cita la película, testimonios de sus actores y una cinta coprotagonizada por Karloff y Lugosi perdida en una enrarecida conspiración); uno de los personajes (Roger, crítico de cine) tiene la misma biografía que Bogdanovich (incluso escribió su primer libro sobre Welles).

Lo importante es que también es una obra de otro cinéfilo que hace que su narración, en un juego de muñecas rusas cargado de referencias (extra)cinematográficas, gire en torno a esa capacidad aniquiladora de las imágenes, esa fascinación que acaba matando desde la propia pantalla. Y, cómo no, con el cine de terror como protagonista.

Fernando Polanco Muñoz

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