“ En los últimos años del siglo diecinueve, nadie habría creído que los asuntos humanos eran observados aguda y atentamente por inteligencias más desarrolladas que la del hombre y, sin embargo, tan mortales como él; que mientras los hombres se ocupaban de sus cosas eran estudiados quizá tan a fondo como el sabio estudia a través del microscopio las pasajeras criaturas que se agitan y multiplican en una gota de agua. “
Así comienza la obra original de H. G. Wells escrita allá por 1898 y todas sus adaptaciones: la de la apocalíptica retransmisión radiofónica de 1938, la inocente y fiel versión fílmica de Byron Haskin de 1953, la sinfónica y dialogada traducción musical de Jeff Wayne en 1978 y, finalmente, el “re-take” cinematográfico de Spielberg en 2005 con los fantasmas del 11-S.
El siguiente análisis nos ocupa concretamente “estudiar a través del microscopio” el trabajo musical de Leith Stevens para la primera adaptación cinematográfica de una de las novelas más famosas de la historia marciana (sobre todo tras la realista retransmisión radiofónica de Welles que indujo a más de uno al suicidio frente a la invasión exterior).
Leith Stevens (1909-1970) fue todo un músico artesano cuyos inicios siempre agradecerá a la CBS RADIO: lugar donde se curtió y plataforma que utilizó como trampolín al mundo del cine. En su currículum figuran casi ochenta trabajos como compositor y tres nominaciones a los Oscars (por “A new kind of love”, “The five pennies” y “Julie”). Pero uno de sus fuertes residió en el vínculo que lo comprometía emocionalmente con la ciencia ficción; encontrando entre su galería melódica temas de mitos espaciales como “Perdidos en el espacio”, pesadillas en “La dimensión desconocida” o arreglos lunares de “El hombre lobo”.
En “La guerra de los mundos” Leith se convierte en un profeta musical, nos habla a través del viento, de prolongadas notas naturales, de alargados violines con pátina electrónica que evidencian un drama que no es humano.
Resulta curiosa la utilización de, frente a las naves extraterrestres, trípodes con una especie de cabeza reptil, la repetición en una base rítmica de un silbido de serpiente a modo de comparación casi visual. Y es que la creatividad y la experimentación en estos volantes años cincuenta se convierte, milagrosamente, en la tónica a seguir (véanse los ejemplos más destacados deesa época; “Ultimátum a la Tierra”, “Planeta prohibido”, “Cuando los mundos chocan”, “El tiempo en sus manos” o “La humanidad en peligro”). La ciencia ficción (con esa aura presencial de la figura de George Pal entre crédito y crédito) encontraba una acogida cálida entre crítica y público y la serie B obtenía presupuestos decentes como para trabajar con unos materiales mínimos. Así, y sin perder el encanto de la lucidez imaginativa ante las limitaciones de la falta de recursos, el compositor de ciencia ficción podría sentarse relajado frente a su partitura virgen y mover la batuta a modo de mago hechizando el celuloide de mil y una conjuras emocionales, narrativas y, siempre, sorprendentes.
Continuando el hilo de trabajo de Leith con su particular “guerra mundial”, conviene detenernos en sus connotaciones belicistas: himnos terráqueos, ritmos al tambor del soldado, épica triunfal. Pero, para valorar su labor, seguro nos agradecería oír su silencio. Y es que en las contadas batallas bélicas entre humanos y trípodes alienígenas nuestros oídos reaccionan visceralmente ante el mutismo musical y la crudeza del realismo “H”: bombas atómicas, misiles aéreos, rayos láser, disparos y gritos. Toda una lección de contraste dramático.
Finalmente, a destacar el tema que tantos vellos ha erigido en los brazos del creyente espectador: los extraterrestres han muerto, pero la puerta de una de las naves destruidas se abre, una mano alienígena asoma. Indudablemente, han sido derrotados. Y, justo antes de la entrada de la voz en off final, los últimos acordes pausados y asépticos nos hablan de una humanidad capacitada para la guerra, pero sin esperanza en ella misma, una civilización que tiene que reinventarse.
“ De noche veo el polvo negro, que oscurece las calles silenciosas, y descubro los cadáveres que cubre aquella negra mortaja; se levantan ante mí hechos jirones y mordidos por los perros. Charlan con voces fantasmales y se tornan fieros, más pálidos, más desagradables, llegando, al fin, a ser fantásticas parodias de seres humanos. ”





